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Su último regalo.

Julio 21st, 2010

Los funerales de mi padre me han deparado esa clase de experiencias que me empeño en calificar de sobrenaturales. No es que me obsesione con sentir la mano grande y caliente de papá en todas las cosas buenas que me pasan, pero sí, desde su ausencia, como que advierto su sonrisa y no me quiero ver triste. Por eso, desde entonces sigo su ejemplo inclinándome al mejor aprecio de todo lo que me rodea.

Pasó aquel martes 9 de diciembre de 2009. Zaragoza-Málaga-Zaragoza. Escuchar al oído su último vozarrón diciendo –adiós- como lo hizo desde su alcoba, sería normal si no hubiese ocurrido a 800 kilómetros de distancia en el minuto exacto de su deceso. Éste fue el inicio de una serie de serendipias que me sorprenden en estos días y espantan toda ansiedad y tristeza.

Porque a los funerales maños, regados y llorados a la orilla del Ebro y con ribera de Duero, se sucedió un trayecto de Málaga a León acosado por dos frentes de bajas presiones. Viajábamos literalmente a velocidad criminal emparedados entre un huracán y una borrasca transitando por un pasillo que parecía conducir directamente a Mordor.
Y llegamos bien.
Paseamos en familia lugares comunes de noche pisando copos de nieve como huevos de paloma entre calles desiertas y tapizadas de blanco. Y al día siguiente, durante el funeral de San Marcelo llegó puntual un sol que pulió el cielo de azul cobalto dejándolo tan limpio como congelado.
Me gusta imaginar que lo de esa nevada histórica fue otra broma de papá para desternillarse al ver como nos partíamos la crisma en la entrada de la iglesia de San Marcelo
, porque pocas cosas le hacían reír tanto como un resbalón con costalazo final rebozado por los suelos.

El tercer homenaje más íntimo que supongo ha culminado nuestro duelo deparó otra peregrinación, en este itinerario con vistas a mayo. Campos sangrando por las amapolas, tierras anaranjadas, cosechas de trigo, cebada, bosques, roquedos y más kilómetros camino a Reinosa con las nieves allá al fondo por donde se yergue el pico Tres Mares.
En las praderas campurrianas de jugoso verde a la orilla del pantano las vacas pelirrojas pastan junto a terneras de ojos muy grandes, también hay cercados con recuas de caballos oscuros y yeguas amamantando a sus potros asustadizos. Parecía que retornamos a D. Luis a su época en la que las distancias se medían en jornadas, le devolvíamos a su tierra ahora sumergida. Con la esperanza de que se encuentre muy a gusto entre sus gentes, con sus palabras, sus acentos, sus sabores, sus aromas y sus montañas, las que le vieron nacer y ahora le cobijan. Era el final del trayecto. Todos sus niños y niñas que tanto le echamos de menos, cumplimos con su voluntad tras comer, beber, cantar y reír, quedándonos muy llenos de amor con la sensación de haber vivido un reencuentro mágico, su último regalo.

D. Luis Isidoro del Valle Rapp 1921-2009
Nació en Arroyo de Valdearroyo, murió a la vera del mismo arroyo hecho río y se rió de todo cuanto pudo a este lado del Ebro.

Ignacio General

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